El jueves, mis “reales posaderas” y un servidor se levantaron con la sonrisa puesta por las buenas noticias de la noche anterior. El día empezó muy bien para mí y no tanto para José Luis, porque era una etapa casi 100% de arena y hubo momentos en que se le atragantó.
Pero mi compi hizo un alarde de energía, tesón y fuerza de voluntad para pasar por todos los waypoints que había en medio de las dunas, cayéndose y levantándose unas cuantas veces a 48 graditos de temperatura ambiente (eso era lo que marcaban los coches, que no tienen una “estufita” entre las piernas).
Como anécdota, mis botas decidieron parecerse a las de Carpanta, porque se les despegó la suela. Y no es una cuestión de la marca, José Luis y yo nos habíamos ido dando caña todo el camino con eso de cual era mejor máquina, si su Austriaca o mi Japonesa, así que cuando se enteró de mi “despegue” aprovechó para darme también por ahí. Pero se tuvo que callar cuando comprobó que a uno de los Chicus, con las mismas botas que él llevaba, le había pasado lo mismo que a un servidor.
Bueno, pues después de hacernos unas cuantas dunitas, paramos en un pueblo para entregar el material y de ahí salimos con tiempo más que de sobra hacia el final de la etapa. Pues va a ser que no estaba previsto que yo acabase una etapa sin penalizar… Porque a la salida de la arena y a ritmo más que tranquilo, mi Yamaha me “escupió” en un pedregal, con la buena suerte de que la fuerza del golpe se distribuyó entre manos, rodillas, hombro y casco. Que no me rompí nada vamos, aunque en ese momento decidí que al día siguiente no saldría. El haber doblado la corona de la transmisión en la caída y el malestar físico que tenia encima, estuvieron a punto de poder conmigo.
Gracias a José Luis, que levantó la moto, retiró el guía-cadena y me guió, llegamos al hotel por pista y carretera. Yo me fui directo a la habitación, con el casco puesto porque no tenía fuerzas ni para quitármelo. Después de la ducha, fui a ver a Armand, el médico de la prueba, que me confirmó que no había nada roto sino sólo contusiones, y me dijo que por él podía salir al día siguiente… Yo le dije que no, que estaba agotado y que me iba a hacer daño.
Pero dormí un poco, cené otro tanto y me di un masaje. Mientras estaba en la camilla, iba notando que mejoraba y que las energías habían vuelto. Así que, a las 0:00h (al terminar el masaje) le dije al mi infatigable José Luis que iba a salir, lo cual significaba cambiar la corona… Otro en esa situación hubiese dicho que genial, que se iba a dormir y que ya nos veríamos mañana en la salida. Pero José Luis hizo gala una vez más de su espíritu de ayuda y se vino a echarme una mano para cambiar la corona.
Terminamos a la 1:30h, pero os aseguro que las seis horitas que dormimos, las dormimos muy rápido y recuperamos fuerzas. También quiero dar las gracias a Pau porque olvidé en España la maneta y la corona de repuesto que luego necesité para seguir en la Panáfrica.






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