Por fin me han montado los neumáticos que encargué, los que tenía estaban destrozados y un pequeño problema administrativo hizo que las gomas nuevas estuviesen esperando en el taller sin que nadie lo supiese.
El caso es que ya está, al final tras muchos años y miles de kilómetros con Bridgestone he sido infiel a los japos y he montado unos Michelín Pilot Sport tan bonitos como estos:
La sensación ha sido agridulce. Los neumáticos perfectos por el momento, la moto vuelve a querer tumbar y no hace cosas raras, aunque aún están en rodaje y no he podido hacer gran cosa. Lo que sí he notado es que con los Bridgestone la moto se tumba y se levanta con mucha facilidad, con los Pilot Sport tiende a tumbar pero hay que levantarla, me recuerda a unos Dunlop que tuve. Ya os contaré cómo van cuando pueda haga más kilómetros.
Ahora viene lo malo. Me duele haber elegido un taller con una larguísima experiencia en el montaje de neumáticos y que las cosas no se hagan bien. De primeras he tenido que pedir que me dieran mis tapones de válvulas metálicos que valen una pasta porque se los habían dejado por ahí y me habían puesto unos de plasticazo.
Luego he visto que la rueda delantera tiene más plomo que una peli de Clint Eastwood. Le han puesto dos ristras de cuatro plomos a cada lado en el mismo punto de la llanta. Antes no lo llevaba y nunca ha retemblado, lo que me lleva a pensar que ha coincidido el punto de desequilibrio del neumático con el de la llanta. Que yo sepa, cuando esto sucede deshinchas el neumático, lo giras sobre la llanta 180 grados, hinchas y vuelves a equilibrar. Así hay que poner mucho menos plomo, pero se tarda más, claro.

Mi llanta delantera brillante y con la pintura intacta
Y lo peor ha sido cuando he llegado a casa, resulta que las llantas que con tanto cariño había pintado en negro satinado estaban blanquecinas (como cuando se te resecan las manos) y con extraños churretones oscuros en la zona pulida. Les he dado un producto de limpieza especial para carrocerías que protege la pintura y es muy aceitoso pensando que se habían resecado por algún desengrasante raro que hubiesen usado. Pulverizo, paso un trapito… ¡y se va la pintura!. Pruebo a pasar el trapo por la otra llanta sin echar nada y también se lleva la pintura. No sé qué mierda de producto de limpieza han echado pero ahora me toca volver a pintar las dos llantas. Seguro que desde que las pinté las he lavado más de 50 veces y estaban perfectas, sin un arañazo y sin desgastes por el roce con las cadenas antirrobo (están forradas e intento que no arrastren por la llanta cuando las pongo).
Así que estoy deseando salir a hacer curvas con mis nuevos Michelín pero también me va a tocar desmontar las dos ruedas otra vez, volver a lijarlas, volver a volver a empapelar, volver a pintar, volver a montar y, ya de paso, reequilibraré la rueda delantera. Eso sin dejar la moto inutilizada en diario porque la necesito, sin apenas tiempo libre para hacerlo y con muy mala leche. Porque no es lo mismo la ilusión con la que haces uno de estos trabajos para cambiar la estética de tu moto que repetir casi todo porque te lo han jodido. Vaya mierda.
